miércoles, 8 de enero de 2014

Nona

Podría escuchar cristales rotos al pasar la página de un libro. Sólo suenan para ella, para sus temores en lo que cualquiera descartaríamos como una pesadilla inoportuna (como todas).

Pero no cualquiera hemos pasado de los noventa. Ella sí. Con su cuerpo encogido armado por palillos deja caer los velos que evitan nuestra locura, está aquí y allá aunque nosotros, ciegos a su mente, la veamos quieta en el mismo sitio. Nos quedan años para ese vértigo, para escuchar sin ver ni tocar pañuelos que saludan, el balón con el que juega un niño o la conversación de quien fue a verla sin que nadie se diera cuenta, que todo sea real sin que nada sea cierto bailando música casi sorda, en su sueño con ojos abiertos de niña y zapatillas que le susurran al suelo que se lo ponga fácil, que sólo quiere llegar hasta la siguiente puerta del pasillo a ver si allí encuentra de una vez el reloj y consigue que se quede quieto.


Sé que te estás yendo. Que quizá entonces no sepas siquiera si estamos. Que yo, en mi egoísmo, lo escribo para comprender que te entiendo sin querer que lo leas, esperando a decírtelo al oído aunque llegue cuando estés durmiendo.

sábado, 21 de diciembre de 2013

amar al Quijote

No me ha sido dado en suerte el arte del verso para escribir lo que ayer encontré En un lugar del Quijote. El momento lo merecería, pero no sabría estar al nivel.

Se puede contar el Quijote, releerlo, interpretarlo, anotarlo, diseccionarlo ... pero no es eso lo que ha hecho Ron Lalá. Eso hubiera sido fácil (como concepto), seguramente aburrido y se ha hecho ya demasiadas veces.

Fui al teatro a sorprenderme, pero no sabía que encontraría aquello que desconocía que se pudiera hacer ... respirar El Quijote, ser su pulso, dejar que persiga gigantes en mis venas, leer con sus ojos aventuras en libros de caballerías, mirar desde su locura a Cervantes. Sin siglo. Respeto a una obra eterna, a cada letra diluida en el aire.

Amor, como sentimiento en la escena y el patio. Homenaje, latido vivo. Amor al arte.



miércoles, 2 de octubre de 2013

visto en una aldea de montaña

ojos enfrentados, brillo con noventa años de distancia, saludos que no necesitan moverse, conversación en silencio

La anciana le cuenta a la niña lo que aprendió, lo que cree que le resta por ver hasta que se apague. Parpadea. La pequeña se distrae, busca, atiende al aire, a una hoja, a la música que tararea su cabecita recordando qué le cantaba su padre hace un rato. Y vuelve a cruzar su mirada con la anciana, caminan al encuentro moviendo pies en la ilusión, dibujan versos con los dedos y convienen encontrarse de nuevo donde la inocencia hable a la vieja bebé otra mañana cualquiera.

jueves, 5 de septiembre de 2013

en pañales (escrito el 22 de agosto)

Ha pasado ya una semana del reto que me había planteado para esta temporada, el más cañero hasta ahora. Una apuesta muy fuerte, irracional por lo temprano en mi lenta evolución en el triatlón, y por el mismo motivo exageradamente ilusionante. Siempre fui consciente de la carga de riesgo que suponía pone Embrun como mi primer larga distancia, una temeridad como cualquier otra, emocionalmente necesaria como cualquier otra.

Tras tantos meses de entrenamiento, al alba del 15 de agosto estaba mirando al oeste en el Plan DÉau de Embrun enfundado en un traje de neopreno por respeto a mí mismo. Pretendí estar allí como un misil, en mi mejor momento de forma de siempre; lo preparé lo mejor que supe, fiel a mis reglas, a disfrutar de todo huyendo de tablas y demás obligaciones, entrenando por sensaciones y apetencias. Y sigo creyendo que la preparación física de esa manera es posible, aunque también que aumenta la posibilidad de que la líes (y no para bien) y que requiere un enorme conocimiento de tu cuerpo. Yo del mío sé bastante, pero me falta un mundo, o dos; si le sumo la inexperiencia y el gusto por hacer equilibrio sin red, por correr sin pulsómetros ni demás maquinejas es natural que igual que pudo salir bien me di de cara con la realidad de una planificación equivocada vestida de temor las últimas tres semanas previas a la carrera. De verme capaz de todo, de correr, pedalear o subir cualquier rampa como si me antojara sobre la marcha pasé a tardar en recuperar, a sentirme cansado, pesado, sin chispa, vacío; a finales de julio ya no daba tiempo a corregir, sólo a descansar y a creer en lo improbable, en que nada era lo que parecía, en que mis piernas no se estaban convirtiendo en corcho ni mi sangre en veneno sin oxígeno.

Era bonito fabular, pero nada más. La mente es capaz de hacerle creer a uno lo que quiera entre tormentas en Oyambre y olvidar mientras te calas que por dentro estás seco.

Puedes negarte que vas tieso; puedes. Puedes hasta que te llegue un punto de sensatez y te pruebes. Yo lo hice tres días antes de exponerme a una burrada a ciegas. Bastaron 40 kilómetros en bici para desenmascararlo todo y comprender en 15 o 20 más, en rampas del 7 que sufres con un 28, que estás muy pasado de forma. Sin fuerza, músculos sin recorrido ni pretensión de hacerte caso. Todo está apagado. En 20 o 25 días no te ha quedado ni la mitad. Irreconocible.

Ese día decidí no correr. Mentalmente estaba hundido.

Cosas de la vida, hundido sí, pero no solo. Esa noche llegaron a mi apartamento Juan y Julieta a aguantarme, hacer turismo y animarme con lo que pillaran. Con un poco de respeto hacia mi mismo y hacia el viaje que se habían hecho para verme saqué lo justo para hacer otra prueba trampa el día anterior al Embrunman. Sin posibilidad de caer más, bajar y subir un puerto era suficiente para engañarme con un poco de frescura en las piernas; también para entender que al día siguiente había que correr y tirar hasta donde llegara.

Trampa hecha y un soplo de ánimo para recolocar el plan y tomar la salida; tampoco me hubiera perdonado a la larga lo contrario.


... ríos de luces camino de un lago a las 5; triatletas, colegas, familiares, aficionados sin mayor excusa, ambiente para despertar a cualquiera aunque no hayas dormido ni tres horas ...


... el reto tan preparado empezaba condenado, pero empezaba, qué menos. Natación tranquila, o no tanto, aprovechando que no cualquier día ves amanecer desde un lago alpino. Para qué apretar si no está aquí la guerra; poco menos de hora y media y trámite resuelto.

Montar en bici y confirmar que en esto no hay milagros fue prácticamente la misma cosa. Al revés que lo que me suele ocurrir fui yo el adelantado, el que parecía montar en un triciclo. Cada rampa que un mes antes hubiera sido inofensiva me exige quedarme clavado con un 28. Inaudito; tan inaudito como 3 días antes. 40 km parecieron 100. 70 me tenían usando desarrollo de subida en los llanos, y hasta entonces el recorrido no era nada del otro mundo (mucho más suave que Garai, por ejemplo, quizá parecido al Ecotrimad). En el 84, al pie del Izoard, allí donde este triatlón se empieza a poner serio, con dolor de cabeza y sin noticia de mis piernas ... manos a los frenos y pie derecho al suelo; se intentó por si sonaba la flauta y ya era momento de aceptar la derrota, la imposibilidad de llegar a meta o siquiera unos kilómetros más arriba de donde le entregué mi dorsal a un juez.


En las horas siguientes seguí con frío y dolor de cabeza a pesar de no haber hecho casi nada. Con el tiempo ese mal cuerpo se fue; la rabia de haberme enfrentado al reto tan lejos del punto de forma esperado aún me dura y sé que no se irá en unos cuantos meses.

Mucha de la gente con la que he hablado en esta semana me dicen que no lo vea como una derrota, que aproveche lo entrenado y aprendido para progresar y seguir creciendo. Estoy de acuerdo con lo segundo, pero sinceramente me choca lo primero, ¿qué hay de malo en llamarlo "derrota"? El deporte sin derrota no tiene sentido, si todo fuera ganar sin riesgo no tendría gracia y el triatlón es un deporte más, con sus vencedores y sus vencidos. Si en un partido unos ganan y otros pierden, ¿por qué no llamar de igual forma derrota a la del corredor que no alcanzó su objetivo? De verdad, no le veo problema, me parece una parte natural de todo esto. Aprenderé y progresaré, claro, para eso los fallos son mucho más útiles que los aciertos y todo lo que consiga en el futuro también será fruto de Embrun y de toda la temporada. Pero en concreto allí, y en la temporada 2013 mirada como conjunto en busca de un objetivo único, perdí. Perdí y no es malo decirlo así, ni lo es reconocer que la causa son mis errores, sin más. De hecho lo malo sería decir lo contrario o ponerme vendas y decir que estoy de puta madre. No lo estoy, estoy jodido y mucho, y si no lo reconociera o siquiera lo estuviera poco crecimiento iba a tener. Mejoraré y volveré más fuerte siempre que admita lo sucedido sin autocensuras emocionales.

Es hora de descansar. Ya vendrá la de seguir jugando aunque aún sea un triatleta en pañales. Lo haría aunque sólo fuera por mí. Lo haré por todos los que me habéis demostrado que estáis ahí.

Gracias, y hasta la próxima locura.

miércoles, 7 de agosto de 2013

contrastes

He pasado el mes de julio jugando a blanco y negro, a todo o nada, fotografías de ratos sin grano, ISO 100, sin matices, películas de buenos y malos.

He tenido que vivirlo así para mantener la concentración, el foco en el objetivo, en que después de 10 meses currándome Embrun ya sólo quedaban los últimos pasos, ésos que ya cuestan tanto y que te piden que tomes más impulso para no darte de cara contra el muro.

En 4 semanas he sentido que se me escapaban las horas entre los dedos que no podían parar un reloj de arena con forma de autómata de traje y corbata pegado a un teclado y a una pantalla llena de números que corren delante de mí mucho más tiempo que el que puedo dedicar a sentir que el cuerpo del humano depredador no se diseñó para desperdiciarlo en una silla; quieres que te quemen las piernas, los brazos, y no el cerebro, que la sangre hierva con motivo.

Mi suerte fue recordar los veranos de mi infancia en Guadarrama, y allí me largué dos fines de semana; mi lujo, que las dos competiciones que tenía, Garai y el ultra trail de Picos, me ilusionaban cayera lo que cayera.
Lo entrenamientos en Guadarrama me enseñaron que creo estar en el camino que planeé a principio de temporada, lo mismo que sentí otro fin de semana de calor y viento en Alicante. Ya me da igual lo largo que sea un entrenamiento, ni me preocupa, el tiempo que grita delante de un ordenador no puedo sujetarlo, el resto es como si parara y me guardara en un globo hasta la hora de dormir; aunque también sé que se acaba, que Embrun está a menos de dos semanas y se me vendrá encima antes de que me dé cuenta. De hecho, en los días en que llevo escribiendo esta nota a ratos, en líneas sueltas, ya sólo tengo ... (¿cuántos días tengo? ... espera a que termine para saberlo) antes de meterme en el Plan D´Eau de Embrun a nadar 4 kílómetros fríos, y lo que venga detrás.
Espero que en ese momento mi cuerpo recuerde el monumento al buen rollo que es el tri de Garai. Por el recorrido, por la gente o por las cosas tan de sentido común como no darnos regalos caro a los corredores que pagamos una cara inscripción, sino algo más sencillo como unas alpargatas con el logo de la carrera que, evidentemente, me he llevado de vacaciones. En Garai, por relajación, buena onda y estado de forma todo salió perfecto; en cada sector fui de menos a más, me exprimí cuando y cuanto quise, fue el primer día que me sentí capaz de poder con Embrun ... ya veremos si tenía razón.

Ojalá dentro de 10 días, después de nadar y de 188 kilómetros en bici durísimos que la gente relata como interminables me quede también algo de las piernas que tenía hace poco más de una semana en el ultra trail de Picos. Lo malo de esa carrera fue la organización o, mejor dicho, su ausencia, la sensación de desprotección que nos transmitió desde el principio y que fue a peor. Menos mal que corría con una grande, Toño Santamaría, que aparte de gran amigo es un deportista enorme sobrado de recursos para que nos pasáramos un día memorable corriendo, trepando, jugándonosla en neveros, apisonando metros con piernas que parecían incapaces de cansarse (qué sensación tan brutal, ojalá vuelva a encontrarla en ¿10 días?) y tomando las decisiones correctas para no arriesgar donde ya hubiéramos sido temerarios. Carrera para repetir ... pero por libre, pagar por aire es un ridículo que sólo cometeremos una vez.

Al día siguiente del ultra trail vino Embrun con todo su peso a caer sobre mis hombros, a decirme que ya lo había hecho todo y que sólo queda ver si "todo" es suficiente.

De momento, protegido en mi casa, en Bejes, pateando montaña, he necesitado cinco días para recuperar mi cabeza de la asfixia de julio y para tener nuevamente ganas de encenderme.


En lo que he terminado de escribir esta nota sin prisa ni orden, es miércoles 7, una mañana lluviosa con las piernas recordando que ayer volví a correr apagando temores bajo tormentas de acantilados y playas entre Comillas, Oyambre y San Vicente, otra vez esas piernas inagotables que esperan que les den la salida de una vez.
Quedan menos de 8 días y una misión: entrenar lo justo sujetando la rabia, que ya habrá 234 kilómetros en los que soltarla a su debido tiempo y despacharme así a gusto con un año que yo mismo endurecí desde el inicio buscando entender muchas cosas.

Gracias por las últimas 6 semanas a los que compartieron un rato conmigo, en especial al Garai Triatloi Taldea y a Toño Santamaría por regalarme tanta motivación.

Gracias a todos los que me habéis aguantado durante 10 meses; aunque no seáis conscientes de ello, correréis conmigo el próximo jueves ... si podéis, estéis donde estéis, acordaos ese día de mí; estaré físicamente peleando la carrera más importante de mi vida (por ahora) y mentalmente me estaré jugando mucho más; os voy a necesitar hasta el último metro ...


... última parada ... Embrun


(por ahora)




martes, 18 de junio de 2013

Irati al límite

Cuando empecé la temporada escribí por aquí que de mitad de junio tenía que salir la base a consolidar en los últimos 2 meses antes de Embrun. Pues bien, ya es mitad de junio, ya ha pasado el tríptico de pruebas que me propuse y que a luces de cualquier deportista cuerdo era una pasada, así que sólo a mí se me ocurre convertirlo una semana antes de la última prueba en un más difícil todavía.

Seguramente sólo a mí, en mi "no planificación", en mi afán anárquico de prepararme para retos temibles sin pensar demasiado en algo que no sea divertirme o picarme con mi sombra, se me podía pasar por la cabeza una semana antes de la Irati Xtrem (justo después de terminar el Ecotrimad, una semana después del Soplao) que iba a convertir la tercera machacada en 15 días en un entrenamiento de potencia ... ¿cómo se hace eso? sencillo: dejas en la bici el desarrollo que nadie llevará, lo más suave que podrás poner será un 39x25 que de sólo decirlo hace que todo el mundo que sabe de lo que hablas te mire como un loco ... y ellos son ciclistas y yo no. Yo intento ser triatleta, con la merma de potencia que el entrenamiento de carrera a pie supone en las piernas a la hora de dar pedales, esa potencia que necesito recuperar para los Alpes si no quiero bajarme de la bici sin ninguna opción de salir a correr una maratón con un mínimo de fuerza para acabarla. Necesito ganar margen, si es que eso se puede hacer.

Desde la salida del sábado en Ochagavía tenía claro que eso era un entrenamiento y no una carrera, de los 8  puertos del recorrido había que hacer 6 sin forzar demasiado, a ritmo alegre pero sin exprimir las piernas. Ya tenía en la cabeza los 3 sitios donde tocaba sacar todo lo que llevara, sabiendo que "todo" es mucho más que el 100% teórico del que crees que eres capaz ... todo supone encontrar un límite, llegar a ese punto que aún no conocía en que eres consciente de la imposibilidad de sacar más de ti. El objetivo eran 3 series: una corta en el muro de Orbaitzeta, y dos larguísimas en Errozate y Larrau.

El muro de hormigón de Orbaitzeta es corto pero en 500 metros al 16-20% te obliga a no racanear con la entrega de las piernas; me lo calzo sentado (de ahí es la foto) y parece que no me deja muy mal las piernas ... más me vale, que sólo es un aperitivo.

Dos puertos después, te ves venir el giro de 180º al 12% que te mete de lleno en Errozate, sus 12 km al 10%, su asfalto rugoso, sus continuos engaños, su paisaje impagable que desde el km 4 te enseña cambios de rasante donde nunca termina el puerto; siempre hay más, otro escalón, otra rampa que no sabes de dónde ha salido para complicación del control de fuerzas de cada ciclista que sube a bloque sin saber hasta cuándo. Es mi segunda apuesta y sorprendentemente, a pesar de ir atrancado por el desarrollo, va mejor de lo esperado, no bajo el ritmo en toda la subida, paso las de Caín cuando la pendiente pasa del 15%, pero no me hunde y adelanto a gente continuamente. Otra prueba superada, el temible Errozate queda atrás y toca esperar al siguiente de los 8 para ver cómo han quedado las piernas.

Y ahí empiezan a complicarse las cosas. En cuanto termina el descenso ya veo el precio que se ha cobrado la primera ultraserie de potencia. Cuesta coger ritmo y empiezo a hacer números en la cabeza: es poco más de mitad de carrera, las rampas medianamente serias parecen el doble de difíciles y así Larrau se antoja imposible. Hay que buscar en la chistera y ahí aparece el entrenamiento de invierno, ése que te ha enseñado a conservar ritmos y dosificar el fondo cuando el físico empieza a joderse y no te quedan alardes que hacer.

Pasan los kilómetros sin que ya sepas en qué puerto estás, sólo importa conservar el mínimo de alegría que te queda en las piernas hasta la primera rampa del último desafío. Y al final llega. Sin mediar un metro de llano entre el descenso de Bagargi y la primera de Larrau ha empezado el lío de nuevo: 3 km al 5-6% , giro en el pueblo y a coleccionar ochos, nueves, y 4 km seguidos al 11% sin espacio para tomarte un respiro. Desde el giro del pueblo llevo la sensación de que estoy vendido, de que lucharé pero será muy difícil llegar arriba. En los 4 al 11 con varios tramos al 14% tiro más de cabeza que de piernas, necesito encontrar un ritmo que repetirme como un metrónomo en el que las piernas duelan lo mínimo posible, y que evite que pienses en un reloj de arena que mide tu fuerza y cae mucho más rápido que lo que se descuentan los metros ... mirada adelante, tic tac de pedales ... hasta el último de esos 4, el que empieza a esconderse en la niebla, el más cruel, el que empieza suavizado y termina al 16% ... y ya no hay piernas para eso; 20 ó 30 metros antes de acabar ese tramo, de llegar a Erroymendi, al ansiado descanso de 3 km casi llanos previos a la traca final, mis piernas dicen "basta" y tengo que poner pie a tierra para evitar caerme al suelo. No es una derrota, esto es una serie "al fallo" y ese fallo ha llegado. No es posible arrancar en seco desde ahí para hacer en bici 20 ó 30 metros, de modo que por mucho que me joda los hago andando ... me ha faltado un pelo para llegar al descanso pedaleando, pero no hay tiempo de pensar en eso. Sin dejarme descansar vuelvo a montarme según acaba el maldito 16%, recorriendo como puedo el intermedio que me dejará al borde la niebla en la rampa de 2 km y pico que me queda perdiéndose en la nube.

Esto es Larrau, ya lo he subido otras veces y sé que lo que queda es casi imposible estando exprimido, no va a bajar del 10 ni el primer km ni el segundo ... estoy casi vacío, las piernas me arden envenenadas por el láctico ... pero de alguna parte de la nube por encima de mi cabeza empiezan a llegar las voces del público de la cima, aplauden a los que ya llegan, les jalean, les animan ... ¿y a mí cuánto me queda? ... no veo, paso el cartel del último km, ni lo veo ... me dice un espectador que me faltan 500 metros y a la vez pienso en la alegría de haberme tragado el cartel de los últimos mil y en ... ¿tanto? ... ¿aún 500 metros? ... ¿y con qué subo eso? ...

... tic tac de pedales ...

... última herradura y ya parece que el público está delante de mí y no flotando en alguna parte de la nube que no ubicaba ...

... 150 metros y debo de llevar tan mala pinta que un espectador empieza a correr a mi lado y me empuja 10 metros ... no tengo fuerzas ni para negar la ayuda ... doy las gracias consciente de que sin eso no llego ... 100 metros, me veo en el suelo y no veo al público al que oigo encima ... 4 ó 5 pedaladas y alguien sopla la niebla, se abre, aparece el público, el Ori nevado al fondo y un interminable 14% delante de mí ... no me queda nada, he llegado a mí límite, nunca estuve así encima de una bici, estoy casi en una cuneta a punto de caerme ... me ven, me gritan ... mi cabeza va diciendo que no y ellos gritan que sí, que no me rinda, que son 50 metros ... bendito público ... ven cómo voy y se levantan, gritan más, pongo la mirada en la cima al final del pasillo de gente, y me concentro en llevar la bici recta, en no caerme ... me tiemblan las piernas, cada pedalada es imposible pero está ahí ... hay tanto ruido para animarme que siento que puedo tocarlo, que son dos paredes que sujetan mis hombros para que no me venza a un lado ... entre los puntos que empiezan a aparecer en mi vista sigo viendo la línea discontinua a la que me he pegado ... es más corta ... queda poco, lo van a conseguir, van a sujetarme para que llegue sin caerme ...

... parecía inalcanzable, pero ahí está pasando la línea debajo de mis ruedas ... me arde todo, me duele todo, esto es el límite de mis fuerzas, esa sensación que no conocía ... pero ya puedo parar ... los pies al suelo ... las manos sobre el manillar ... la cabeza apoyada en ellas ... y un llanto de un par de minutos mezcla de emoción, tensión máxima, satisfacción y sufrimiento que no puedo ni quiero sujetar

domingo, 9 de junio de 2013

cuestiones de un junio atríptico

Noche de domingo después de Ecotrimad. Pienso en cómo va el exigente tríptico de junio que programé y creo que tengo que estar contento aunque tengo que acelerar si quiero llegar en condiciones a Embrun; no tengo que cambiar el planteamiento, pero sí es hora de cargarme de entrenamiento en serio. La gracia de Bilbao me costó 10 días de estar enfermo y un considerable retraso en la preparación, pero estas cosas pasan y tengo que manejarme con lo que hay.

Cuando llevas varios años metido en deportes de fondo entrenando medianamente en serio, inconscientemente tomas referencias que acabas comparando de temporada en temporada. Referencias que este año no me valen porque estoy haciendo una preparación más larga para algo mucho más serio. Y tampoco me valen porque en mi caso tienen que ver bastante con la climatología; cualquier otro 9 de junio llevaría ya semanas de entrenamiento regular con buen tiempo, pero este año parece que aún estamos terminando marzo, hacemos cicloturistas de largo calculando cuánto abrigarnos o cuánto nos acabaremos mojando y salimos días como hoy pensando que quizá en la sierra esté nevando si rodando junto al Jarama la sensación es de frío.

Las 2 etapas que ya he hecho del tríptico han tenido además mucha carga emocional: el Soplao porque supone correr en casa, y Ecotrimad por quitarme la espina de la retirada de hace 2 años. Por otro lado, en ambas ha habido momentos que se han movido en paralelo: por varios motivos aún me falta un punto de potencia, estoy demasiado "diésel"; en Cantabria eso era menos problemático que ayer en el Eco, donde cada sector te pide ir al límite, y ahí, el que hubiera un exagerado oleaje en el embalse me llevó a más desorientación y mareo de lo normal, necesitando después 15 ó 20 km para tener buenas sensaciones de piernas en la bici.

Ése fue el momento malo de ayer, la angustia que llegué a tener nadando, pero después de la tormenta de hace 2 años ayer no me iba a rendir con tan poca cosa. El momento malo del Soplao llegó pasada la mitad de la etapa, bajando Piedras Luengas, tuve que ponerme a rueda de un grupo con el aire de cara con la sensación de estar vacío, y la lucha llegó al ver que el grupo se paraba, que nadie quería tirar, y calculé que quedaran 10 ó 15 km para llegar a la base de Hoz y tirar de 30 ciclistas con más sangre fría que yo o con menos ganas de batalla (menos mal que contagié a otros 3). En el Collado de Hoz pagué el esfuerzo de ser tan "generoso", pero la buena señal fue ir recuperando piernas a medida que subía, sin ceder ritmo ... igual que ayer fui calentando después del mal rato de la natación.

El último paralelo en 2 pruebas separadas por sólo 7 días se enlaza con el anterior: después de la recuperación de buenas sensaciones no vino un bajón, sino la buena noticia de que estoy consiguiendo mucho fondo y tengo buena base para terminar las pruebas "entero", sin arrastrarme, y con la satisfacción de haberlo dado todo; en el Soplao fue una gozada hacer los últimos 15 km de plano tirando de un grupito como si estuviera haciendo una crono; ayer, sin ser gran cosa hacer una media maratón en 1h 51´, sí lo fue para mí encontrarme con piernas para no ceder intensidad a pesar de la dureza del trazado. Esos 15 km del Soplao ... esa hora y 51´ de ayer ... leídos como debo, en clave de entrenamiento de fondo, saben a trabajo bien hecho.

Evidentemente uno tiene su orgullo competitivo y cuando ve un crono de 9 horas en el Soplao y de 5h 33´ ayer piensa que le gustaría ver guarismos más bajos a estas alturas ...

                                        ... dejaré que ambas sensaciones cohabiten, a ver qué saco de la combinación en el cambio de ritmo del próximo sábado: Irati Xtrem: 3.600m de desnivel en sólo 130km en bici ... un muro al 20%, puertos de especial como Errozate-Artaburu y Larrau ... pura explosividad y voy con un 39x25. Promete emoción, jejeje.