viernes, 14 de agosto de 2015

Libreta

Hoy, poesía de tu silencio, volví a hojearte un año después.
Sin brasa, pavesas que no son, palabras de cuadro, me has dicho, me has callado, te has tarareado melodías de letras sin canción,  de relatos que no escribí, que olvidé por no llevarte hilvanada en un bolsillo de traje y corbata, bolsillo de zapatos que no sirven para andar y entonaron con sordina de moqueta las historias que no saben decir los números. Se fueron sin humo.
¿Bailamos?

lunes, 1 de septiembre de 2014

Embrunraf

(para Luis Mingallón, por saber estar)


Cerrar una etapa, aparte de (parafraseando a un gran amigo) ser un manido concepto de psicología de barra de bar, contendría varios errores si lo usara para hablar de lo que sucedió hace unos días en Embrun (Alpes franceses): ¿es realmente posible dar algo por cerrado en una vida?, por definición del hecho de estar vivo esto ya se me cae de las manos; y por otro lado, ¿por qué nos empeñamos en hablar de etapas? ¿tanta necesidad de consumo tenemos que hasta el tiempo queremos dimensionarlo en pedazos acotables que nombrar y guardar en absurdos paquetitos con lazo? Qué placer da aclarar la cabeza y evitar convertir esto en una servilleta arrugada que tendría mejor lugar en un cubo.

Otra idea que me viene a la mente en mi naturaleza poco agresiva, es que cada vez aborrezco más el uso de términos bélicos como metáforas de cosa alguna. Sin embargo en las últimas semanas me vi en más de una ocasión diciéndome cosas del tipo "se acerca la batalla" o "preparado para mi guerra", etc. No diré que eso es el reflejo de la dureza del reto en sí, ni otra gilipollez semejante. Es lo opuesto. Me apenaba ver que en todo esto albergaba cierta violencia contra mí, ¿pero qué tengo que reprocharme?

Quizá en otro momento hubiera escrito una crónica del triatlón que corrí, pero estoy cogiendo el cuaderno a caballo entre el jardín del albergue y una roca en una playa solitaria mirando olas y viento con una capa de agua que me esconde de la lluvia, y el cuerpo me pide contar otra cosa.

Bajé aquí a decirle al mar que lo hice. No me va a escuchar, tiene el día enfurruñado, no está para nadie y no quiere que un ingrávido lo nade. Para esto me entiendo mejor con las montañas, son igual de impredecibles, pero siempre hemos hablado idiomas más cercanos. En cambio el mar ... he tardado mucho en disfrutarlo sin tenerle prisa. Emocionalmente me alejé del agua como medio desde crío, y de igual modo irracional necesité encontrarle un pinto para mi equilibrio. Puede que también por eso me guste el triatlón. No me permite apartarme de esos momentos que nunca me son fáciles, pero que he conseguido que me llenen, como un Quijote buscando sus gigantes.

Nadar en Embrun tiene mucho de esto. No hay olas, desde luego, es un lago. Pero la incomodidad de despertarte a las 3 y media y concentrarte de noche no te la quitas hasta que amanece en los Alpes y te ves nadando por segunda vez en un lugar apabullante que quieres que no vuelva a vencerte. El mar es una frontera poco más allá de la orilla. Mientras no rompa ese respeto tengo con él la partida en tablas, una de esas partidas que juegas en bucle. En Embrun tuve hace un año mi mayor decepción deportiva. Mala preparación, falta de concentración, de lucha mental ... todas las causas que quiera enumerar de un abandono, demasiadas ganas de tumbar después mi rey, jaque mate, no es mi sitio, me voy.

Durante meses las olas seguían demasiado altas. No puedes entrar. Largo.

No sé por qué. No sé cuándo. Pero algún día el tablero estaba allí otra vez, y bajo la peana del rey una nota con las esquinas ya dobladas: "su turno, aún".

Mi turno para volver a lo que algunos amigos llamaban "el reto imposible", misma partida, mismas reglas: sin tablas de entrenamiento, pulsómetros, dietas, ni cosa alguna que me alejara de la idea de que esto es mi tiempo libre y lo uso para divertirme. Más allá de relajar la carga de entrenamiento, el cambio esencial fue preparar la cabeza para algo que te escapa porque no has visto nada parecido; un ironman, el primero, es esa historia que aún no te ha contado; Embrun ni siquiera es un ironman al uso, es uno de los triatlones más duros del mundo, el siguiente escalón de dureza, un punto aún más irracional ... esa historia que ni siquiera se te ha ocurrido, otra barrera a tumbar como aquélla del chaval con pánico a sumergirse.

Y ésta también tenía que caer pensando, aprendiendo a concentrarme mejor, a aislarme, relajarme, a motivarme con granos de arena y crear reservas de alimento emocional a partir de esos entrenamientos fuera de lógica contando cuestas y corzos en La Jarosa, madrugando en cursos de foto en Bejes, corriendo en intermezzos londinenses o pedaleando de ida y vuelta a una boda a 200 kilómetros de casa. De los rastros que deja lo efímero vive tu cabeza cuando juegas en el alambre más fino y quebradizo que has conocido en tus viajes al límite.

Nada de lo que hayas pensado se parece a la realidad de correr un Embrunman. Tu parte racional te pide parar cien veces, dejarlo, por qué, ... . El resto de ti sabe que no valen frenos, que estás en el límite pero no para rebotar hacia abajo, sino para romperlo y crear uno nuevo más lejano que volver a perseguir. En el espacio que se abre en medio, entre el viejo y el nuevo, entiendes sobre la bici que lo de siempre no vale, la razón te traiciona, es vaga y cómoda y sigue pidiendo rendirte ... también es corta de memoria y ha olvidado el porqué de tu vida pegada al deporte, entrenas para poder sacar ahora los ases de donde los hayas guardado (más te vale tenerlos o el límite conocido te hará viejo a ti).

Le puedes poner nombres, St. Apolinaire, Izoard (hermosísimo), Pallon, La Chalvet; pero no, la carrera está en cada metro, los vas a pelear todos o te vas fuera del control de tiempos y de ahí a tu casa. Vas a bajar de la bici, a correr no sabes con qué fuerzas, pero salen de algún sitio y corres, cada metro es más caro, otra cuesta, otro tramo de viento, otra vez a apretar los dientes hasta que vuelvas por última vez al lago. En él comenzó todo de noche y de noche llegas a los últimos 3 kilómetros, los que ya no pesan, la hora de sonreír, la de emocionarte con el pueblo reflejado en el agua con tus zapatillas descontando saltos, acelerando, sprint de adrenalina, pasillo de gritos

... zancada sobre la línea de meta y los brazos buscando el arco con los ojos cerrados, sabiendo que un día lluvioso podré bajar al mar, sentarme en una roca con el agua del viento en la cara y, aunque no me quiera escuchar, decirle: ¿sabes qué? ... lo hice.



Te toca mover



martes, 3 de junio de 2014

¿no lo ves?

Las sombras inestables no suelen saber si van o vienen, ni les importa gran cosa.

Las sombras inestables son de cualquiera y de nadie, juegan con nuestros ojos atentos a una baldosa o a un muro, nos dicen "mírame", y sordos les hacemos caso. Ciegos, canes sin olfato, nos giramos a buscarlas con sol nublado, a encontrar un silbido que no conseguiremos encerrar entre cuatro líneas. Curvas o rectas, sin diferencia ni margen, nos envuelven para enseñar que no podemos coleccionarlas sujetas con alfileres.

Las sombras inestables se entristecen en blanco y sonríen en gris, y esperan a los días de viento para saltar entre la gente, hacernos tropezar, quitarnos el paraguas, revolvernos el pelo o cualquier otra broma que antes entendíamos. Antes, cuando guardábamos rincones para ser trastos, noveles o maduros trastos con otro humor, distinto del que ya no muda, sólo quiere contar y atrapar cuántos y olvidar que hay sombras, inestables, que se van para esquivar que ese día de lluvia su chasquido no haga que se gire una mirada; todas, fijas en raíles ajenos a juegos de luces.

miércoles, 8 de enero de 2014

Nona

Podría escuchar cristales rotos al pasar la página de un libro. Sólo suenan para ella, para sus temores en lo que cualquiera descartaríamos como una pesadilla inoportuna (como todas).

Pero no cualquiera hemos pasado de los noventa. Ella sí. Con su cuerpo encogido armado por palillos deja caer los velos que evitan nuestra locura, está aquí y allá aunque nosotros, ciegos a su mente, la veamos quieta en el mismo sitio. Nos quedan años para ese vértigo, para escuchar sin ver ni tocar pañuelos que saludan, el balón con el que juega un niño o la conversación de quien fue a verla sin que nadie se diera cuenta, que todo sea real sin que nada sea cierto bailando música casi sorda, en su sueño con ojos abiertos de niña y zapatillas que le susurran al suelo que se lo ponga fácil, que sólo quiere llegar hasta la siguiente puerta del pasillo a ver si allí encuentra de una vez el reloj y consigue que se quede quieto.


Sé que te estás yendo. Que quizá entonces no sepas siquiera si estamos. Que yo, en mi egoísmo, lo escribo para comprender que te entiendo sin querer que lo leas, esperando a decírtelo al oído aunque llegue cuando estés durmiendo.

sábado, 21 de diciembre de 2013

amar al Quijote

No me ha sido dado en suerte el arte del verso para escribir lo que ayer encontré En un lugar del Quijote. El momento lo merecería, pero no sabría estar al nivel.

Se puede contar el Quijote, releerlo, interpretarlo, anotarlo, diseccionarlo ... pero no es eso lo que ha hecho Ron Lalá. Eso hubiera sido fácil (como concepto), seguramente aburrido y se ha hecho ya demasiadas veces.

Fui al teatro a sorprenderme, pero no sabía que encontraría aquello que desconocía que se pudiera hacer ... respirar El Quijote, ser su pulso, dejar que persiga gigantes en mis venas, leer con sus ojos aventuras en libros de caballerías, mirar desde su locura a Cervantes. Sin siglo. Respeto a una obra eterna, a cada letra diluida en el aire.

Amor, como sentimiento en la escena y el patio. Homenaje, latido vivo. Amor al arte.



miércoles, 2 de octubre de 2013

visto en una aldea de montaña

ojos enfrentados, brillo con noventa años de distancia, saludos que no necesitan moverse, conversación en silencio

La anciana le cuenta a la niña lo que aprendió, lo que cree que le resta por ver hasta que se apague. Parpadea. La pequeña se distrae, busca, atiende al aire, a una hoja, a la música que tararea su cabecita recordando qué le cantaba su padre hace un rato. Y vuelve a cruzar su mirada con la anciana, caminan al encuentro moviendo pies en la ilusión, dibujan versos con los dedos y convienen encontrarse de nuevo donde la inocencia hable a la vieja bebé otra mañana cualquiera.

jueves, 5 de septiembre de 2013

en pañales (escrito el 22 de agosto)

Ha pasado ya una semana del reto que me había planteado para esta temporada, el más cañero hasta ahora. Una apuesta muy fuerte, irracional por lo temprano en mi lenta evolución en el triatlón, y por el mismo motivo exageradamente ilusionante. Siempre fui consciente de la carga de riesgo que suponía pone Embrun como mi primer larga distancia, una temeridad como cualquier otra, emocionalmente necesaria como cualquier otra.

Tras tantos meses de entrenamiento, al alba del 15 de agosto estaba mirando al oeste en el Plan DÉau de Embrun enfundado en un traje de neopreno por respeto a mí mismo. Pretendí estar allí como un misil, en mi mejor momento de forma de siempre; lo preparé lo mejor que supe, fiel a mis reglas, a disfrutar de todo huyendo de tablas y demás obligaciones, entrenando por sensaciones y apetencias. Y sigo creyendo que la preparación física de esa manera es posible, aunque también que aumenta la posibilidad de que la líes (y no para bien) y que requiere un enorme conocimiento de tu cuerpo. Yo del mío sé bastante, pero me falta un mundo, o dos; si le sumo la inexperiencia y el gusto por hacer equilibrio sin red, por correr sin pulsómetros ni demás maquinejas es natural que igual que pudo salir bien me di de cara con la realidad de una planificación equivocada vestida de temor las últimas tres semanas previas a la carrera. De verme capaz de todo, de correr, pedalear o subir cualquier rampa como si me antojara sobre la marcha pasé a tardar en recuperar, a sentirme cansado, pesado, sin chispa, vacío; a finales de julio ya no daba tiempo a corregir, sólo a descansar y a creer en lo improbable, en que nada era lo que parecía, en que mis piernas no se estaban convirtiendo en corcho ni mi sangre en veneno sin oxígeno.

Era bonito fabular, pero nada más. La mente es capaz de hacerle creer a uno lo que quiera entre tormentas en Oyambre y olvidar mientras te calas que por dentro estás seco.

Puedes negarte que vas tieso; puedes. Puedes hasta que te llegue un punto de sensatez y te pruebes. Yo lo hice tres días antes de exponerme a una burrada a ciegas. Bastaron 40 kilómetros en bici para desenmascararlo todo y comprender en 15 o 20 más, en rampas del 7 que sufres con un 28, que estás muy pasado de forma. Sin fuerza, músculos sin recorrido ni pretensión de hacerte caso. Todo está apagado. En 20 o 25 días no te ha quedado ni la mitad. Irreconocible.

Ese día decidí no correr. Mentalmente estaba hundido.

Cosas de la vida, hundido sí, pero no solo. Esa noche llegaron a mi apartamento Juan y Julieta a aguantarme, hacer turismo y animarme con lo que pillaran. Con un poco de respeto hacia mi mismo y hacia el viaje que se habían hecho para verme saqué lo justo para hacer otra prueba trampa el día anterior al Embrunman. Sin posibilidad de caer más, bajar y subir un puerto era suficiente para engañarme con un poco de frescura en las piernas; también para entender que al día siguiente había que correr y tirar hasta donde llegara.

Trampa hecha y un soplo de ánimo para recolocar el plan y tomar la salida; tampoco me hubiera perdonado a la larga lo contrario.


... ríos de luces camino de un lago a las 5; triatletas, colegas, familiares, aficionados sin mayor excusa, ambiente para despertar a cualquiera aunque no hayas dormido ni tres horas ...


... el reto tan preparado empezaba condenado, pero empezaba, qué menos. Natación tranquila, o no tanto, aprovechando que no cualquier día ves amanecer desde un lago alpino. Para qué apretar si no está aquí la guerra; poco menos de hora y media y trámite resuelto.

Montar en bici y confirmar que en esto no hay milagros fue prácticamente la misma cosa. Al revés que lo que me suele ocurrir fui yo el adelantado, el que parecía montar en un triciclo. Cada rampa que un mes antes hubiera sido inofensiva me exige quedarme clavado con un 28. Inaudito; tan inaudito como 3 días antes. 40 km parecieron 100. 70 me tenían usando desarrollo de subida en los llanos, y hasta entonces el recorrido no era nada del otro mundo (mucho más suave que Garai, por ejemplo, quizá parecido al Ecotrimad). En el 84, al pie del Izoard, allí donde este triatlón se empieza a poner serio, con dolor de cabeza y sin noticia de mis piernas ... manos a los frenos y pie derecho al suelo; se intentó por si sonaba la flauta y ya era momento de aceptar la derrota, la imposibilidad de llegar a meta o siquiera unos kilómetros más arriba de donde le entregué mi dorsal a un juez.


En las horas siguientes seguí con frío y dolor de cabeza a pesar de no haber hecho casi nada. Con el tiempo ese mal cuerpo se fue; la rabia de haberme enfrentado al reto tan lejos del punto de forma esperado aún me dura y sé que no se irá en unos cuantos meses.

Mucha de la gente con la que he hablado en esta semana me dicen que no lo vea como una derrota, que aproveche lo entrenado y aprendido para progresar y seguir creciendo. Estoy de acuerdo con lo segundo, pero sinceramente me choca lo primero, ¿qué hay de malo en llamarlo "derrota"? El deporte sin derrota no tiene sentido, si todo fuera ganar sin riesgo no tendría gracia y el triatlón es un deporte más, con sus vencedores y sus vencidos. Si en un partido unos ganan y otros pierden, ¿por qué no llamar de igual forma derrota a la del corredor que no alcanzó su objetivo? De verdad, no le veo problema, me parece una parte natural de todo esto. Aprenderé y progresaré, claro, para eso los fallos son mucho más útiles que los aciertos y todo lo que consiga en el futuro también será fruto de Embrun y de toda la temporada. Pero en concreto allí, y en la temporada 2013 mirada como conjunto en busca de un objetivo único, perdí. Perdí y no es malo decirlo así, ni lo es reconocer que la causa son mis errores, sin más. De hecho lo malo sería decir lo contrario o ponerme vendas y decir que estoy de puta madre. No lo estoy, estoy jodido y mucho, y si no lo reconociera o siquiera lo estuviera poco crecimiento iba a tener. Mejoraré y volveré más fuerte siempre que admita lo sucedido sin autocensuras emocionales.

Es hora de descansar. Ya vendrá la de seguir jugando aunque aún sea un triatleta en pañales. Lo haría aunque sólo fuera por mí. Lo haré por todos los que me habéis demostrado que estáis ahí.

Gracias, y hasta la próxima locura.